Historia

La Hermandad de la Soledad de El Puerto de Santa María es una de las que se enmarcan entre las creadas en Andalucía al amparo de la Orden de los frailes Mínimos de San Francisco de Paula, empeñados en promover desde sus conventos la devoción hacia la advocación de la Soledad de María. Se sitúa también en el modelo marcado por la Hermandad de la Soledad de Sevilla, residente hoy en la Parroquia de San Lorenzo de aquella ciudad.

 

Su fundación se remonta al año de 1566, como se deduce con toda claridad de la escritura pública otorgada el 26 de agosto de ese año ante el Escribano Gonzalo Hernández Montero, por la que la Orden de los Mínimos cedía una capilla en la Iglesia del Monasterio de Nuestra Señora de la Victoria a la hermandad y cofradía que en la dicha iglesia nuevamente se ha constituido, de la bocación de Nuestra Señora de la Soledad. Esta fecha fundacional del año 1566 fue expresamente reconocida por el Arzobispado de Sevilla, a petición de la propia Hermandad, en 1849.

 

Fue establecida como hermandad de disciplina, al estilo de las clásicas hermandades de la Vera-Cruz, prevaleciendo esta finalidad sobre la puramente devocional. De ahí que no fuera tan relevante la concreción de la titularidad; de hecho no se conoce como fue la primera representación de la Soledad de María en los inicios, pudiendo ser una imagen de bulto, al estilo de la sevillana, o incluso estar representada en un cuadro.

 

En 1580, siguiendo el ejemplo de otras hermandades del entorno sevillano, incorporó a su titularidad devocional a la figura de Cristo en el Sepulcro, mediante el encargo al escultor Miguel Vallés de un Crucificado con los brazos articulados, que permitiera celebrar las ceremonias llamadas del Descendimiento, y posterior colocación en una urna que se incorporaría al desfile procesional del Viernes Santo como Procesión del Santo Entierro. Dada la pequeñez de la Capilla de la Victoria, y buscando una mayor amplitud y magnificencia de estos cultos, se construyó una pequeña ermita, que fue llamada del Calvario, en los alrededores del Monasterio, donde la imagen del Cristo Yacente se veneraba todo el año como Crucificado.

 

La evolución de estas cofradías en los años primeros del siglo XVII propició la importancia cada vez mayor de los aspectos devocionales en detrimento de los disciplinantes. Pronto se hizo ver la impropiedad de la representación Mariana de la Hermandad, por lo que en 1634 se encargó una nueva imagen de Nuestra Señora de la Soledad. El modelo que se buscó fue el de la famosa Soledad de la Victoria, imagen madrileña tallada por el escultor Gaspar Becerra para el Convento madrileño de los Mínimos, donde fue entronizada en 1565, y que en el transcurso de los años se había convertido en referente casi obligado para esta advocación. Así se gestó en Madrid la talla de la imagen para la cofradía portuense, inspirada en el modelo madrileño, aunque en modo alguno copia del mismo, como atestigua la fotografía existente de aquel. La imagen fue entronizada en el Convento de la Victoria de El Puerto el 21 de marzo de 1637. No sabemos quién fue el escultor que la hizo.

 

El 12 de diciembre de 1677, como resultado de una concordia firmada entre la Hermandad y los frailes de la Victoria, se pactó que se ampliaría la Capilla de la iglesia, prolongándola por su fondo, e incluso haciendo una nueva puerta al exterior. Se buscaba con ello construir una gran Capilla propia de la Hermandad, al estilo de la realizada por la Hermandad de la Soledad de Sevilla en su sede del Convento del Carmen. Esta Nueva Capilla, proyecto integrador de la Hermandad, se fue realizando en lo sucesivo, consumiendo numerosos recursos. La idea era colocar en la misma tanto a la Virgen de la Soledad como al Cristo Yacente. Nunca llegaría, sin embargo, a estar terminada ni inaugurada.

 

El 2 de septiembre de 1682, en escritura ante el Notario Gerónimo García de la Peña, la Hermandad estableció la celebración anual de la Festividad de la Santísima Cruz, en el día 3 de mayo de cada año. También se seguía aquí el modelo de la Hermandad de San Lorenzo. Fue un gran éxito que llevaría a la larga, ya en el siglo XVIII, a la incorporación de la Cruz a los desfiles procesionales, en el popular Paso de las Escaleritas, dando así a la Estación de Penitencia su configuración definitiva.

 

En 1702 la Hermandad sufrió las consecuencias de la toma de la ciudad por las fuerzas angloholandesas durante la Guerra de Sucesión a la Corona de España. El Monasterio de la Victoria fue saqueado, perdiéndose archivos, enseres, retablos y, casi, las imágenes titulares, que fueron salvadas in extremis por un antiguo Hermano Mayor, que las depositó en el Convento de San Antonio el Real, de los Padres Descalzos. Allí estuvieron poco tiempo, volviendo a la Victoria una vez adecentada la capilla.

 

Los esfuerzos realizados durante el siglo XVIII para rehacer el patrimonio, e incluso para dar un gran impulso a la Nueva Capilla, se vieron otra vez anulados por la repercusión en la Ciudad de la Guerra de la Independencia contra los franceses, con un nuevo saqueo de la Victoria. Las imágenes fueron trasladadas a la iglesia del Convento de San Agustín, donde estuvieron hasta 1815, en que pudieron volver a la Victoria tras una gran labor de reconstrucción. Pero por poco tiempo, ya que en 1820, con la etapa política del Trienio Liberal, y la exclaustración de los frailes Mínimos, hubo que regresar de nuevo a San Agustín por un largo periodo de tiempo.

 

En 1830 la Hermandad sufrió la expropiación de sus bienes y rentas por el Crédito Público, dentro de los expedientes de supresión de Cofradías. Pudo regresar en 1833 a la Victoria para, en 1835, encontrarse con la definitiva exclaustración de la Orden de los Mínimos. Demasiados golpes en tan poco tiempo, soportados solo por la energía de una sola persona, su Hermano Mayor Don José Rodríguez Salas. Por ello, cuando éste falleció en 1838, no hubo nadie que recogiera el testigo y la Hermandad quedó inactiva de hecho.

Fue en 1840 cuando, con impulso de la Autoridad Eclesiástica, pudo recomponerse la situación con el nombramiento de un nuevo Hermano Mayor. Una de las primeras medidas fue intentar un traslado de sede a la Iglesia Auxiliar de San Joaquín, que fracasó por la pequeñez de la iglesia, incapaz de dar cabida a una Hermandad tan importante.

 

En 1842 es nombrado nuevo Hermano Mayor Don Joaquín José Micón y Salgueiro, mejicano de nacimiento, afincado en El Puerto. Con él la Hermandad va a experimentar un espectacular cambio.

 

El recelo hacia las asociaciones puramente devocionales, pero que no realizan ninguna actividad benéfico-social, se va a sortear con la creación del llamado Compromiso de Beneficencia, suerte de Mutualidad que garantizaba a los hermanos asistencia médica, farmacéutica y funeraria (y por supuesto espiritual) a cambio de una modesta cuota mensual. Pese a ello, la Hermandad luchó por mantener un nivel digno de sus actividades devocionales, en especial de la Estación de Penitencia.

 

Se le dio también una relevancia pública y social con el nombramiento aceptado de la Infanta Doña María Luisa de Borbón como Hermana Mayor Perpetua, lo que otorgó a la Hermandad el título de Real Hermandad.

 

También se pudieron hacer y aprobar unos nuevos Estatutos, de los que la Hermandad carecía de hecho desde 1702 en que desapareció el archivo.

 

Se dio el carácter de oficial a la procesión del Viernes Santo, a la que acudían las Autoridades civiles y militares y representaciones de las demás hermandades.

 

La Revolución de Septiembre de 1868 supuso un duro golpe para la Hermandad. Ante los rumores de derribo de la Victoria hubo que sacar las imágenes y enseres que quedaron custodiadas en la casa particular del Hermano Mayor. Desaparecieron las procesiones públicas y casi todos los actos. Solo en la proximidad de la Semana Santa se llevaban las imágenes a la Iglesia de las Capuchinas donde se les hacían los cultos oficiales. Así estuvo la Hermandad hasta 1875, en que se llegó a un acuerdo para asentarse en la Prioral, en la antigua Capilla del Rosario, donde permanece desde entonces.

 

Pese a la pronta muerte de Joaquín José Micón, el impulso hacia adelante seguiría en lo sucesivo, siendo la Hermandad de la Soledad el alma de la Semana Santa portuense.

 

En 1884 la Hermandad invitó al médico e investigador portuense Joaquín Medinilla Bela a hacer una monografía sobre el asunto de la autoría de la imagen de la Soledad. Él fue el inventor de la atribución a Gaspar Becerra de la autoría de la imagen portuense. Pero su tesis era excesivamente endeble y quedó desautorizada pronto por autores como Don Hipólito Sancho.

El Compromiso de Beneficencia siguió funcionando y las actividades devocionales también. La Estación de Penitencia se vio fuertemente impulsada hacia final de siglo, con la adquisición de la nueva Urna del Cristo Yacente y el Manto de Gala de Nuestra Señora en 1896.

 

El fallecimiento de la Infanta Doña María Luisa de Borbón en 1897 dejó a la Hermandad en una situación difícil, de la que se intentó salir sobre la base de un nombramiento de Hermano Mayor honorario, que contribuyera al sostenimiento de la misma, y al trabajo de diversas personas comprometidas. Es así como, ya en el siglo XX, la Hermandad quedó representada durante muchos años como Hermano Mayor por alguien perteneciente o vinculado a la familia Osborne, grandes benefactores de la Hermandad. Pero la difícil situación económica provocó un paulatino colapso en la actividad, al que contribuyó la desaparición del Compromiso de Beneficencia por imperativos de política legislativa general.

 

La llegada, como Capellán primero, y como Mayordomo después, del sacerdote Don Luis Zerezuela a partir de 1913 hizo rebrotar la actividad cofrade. La Hermandad creció en número, se mejoró el patrimonio, de restauró la capilla, y se potenció la Estación de Penitencia. Durante este tiempo se restauró, por ejemplo, el Cristo Yacente, por el artista Don Juan Bottaro, dándole su fisonomía actual. Pero la prematura muerte del sacerdote en 1926 volvió a acentuar la atonía, pese a los esfuerzos de los miembros de la Junta de Gobierno y del Hermano Mayor Carlos J. de Terry.

 

A ello se unió también la difícil situación durante la Segunda República y la Guerra Civil, a cuyo término aparece la figura de Don José Luis Osborne Vázquez, para continuar esa saga de Hermanos Mayores de honor, que se apoyan en un grupo de colaboradores fieles para desempeñar el trabajo diario. Y que no dudan en apoyar económicamente cuando es necesario, o a realizar donaciones tan importantes como los dos pasos procesionales principales de la Hermandad, aunque el esfuerzo supusiera también pérdidas en el camino, como la del Paso de las Escaleritas. Y el cambio del tradicional Viernes Santo al Sábado Santo.

 

Pero una Hermandad es algo más que la Salida Procesional; debe ser una colaboradora importante de la actividad de la Iglesia en el servicio a los demás. Y así vino a recordarse a partir del Concilio Vaticano II. Ello exigía una actitud distinta en los hermanos, en especial los miembros de la Junta de Gobierno. Era preciso un cambio de actitud, no necesariamente fácil, para adaptarse a los tiempos y a las nuevas exigencias. Así, a partir de 1968, se inició un difícil camino de normalización para la Hermandad de la Soledad. Camino en el que jugó un papel importante el llamado Grupo Joven de la Hermandad de la Soledad, creado en 1982, impulsor en su ímpetu de renovación de la recuperación de las perdidas Escaleritas. Así se sucedieron los nombres de los últimos Hermanos Mayores: Javier Osborne Domecq, Serafín Álvarez-Campana Gaztelu, José Eulogio González Daza, Ricardo A. Osborne Vergara, Eugenio Robles Marroquín y, ya en nuestros días, Alfonso Bello Gómez. Camino que sigue adelante y debe seguir siempre con nuevos ímpetus e ideas, desde esa nueva casa de Hermandad de la Barriada de Durango, pero sin pretensión de ocultarse en la misma, sino abierto a toda la comunidad de El Puerto de Santa María, en especial a los más desfavorecidos.

 

Hermandad de la Soledad y Santo Entierro de El Puerto de Santa Maria

 

Sede Social:

Calle Francisco Lameyer nº 2

(Barriada de Durango)

(Horarios en el Apto. Secretaría)
 

Sede Canónica:

Basílica Menor de Nuestra Señora de los Milagros Coronada

Plaza de España, s/n

Horario: L-D 9:00h a 13:00h y de 18:00h a 21:00h

 

Teléfono: 695514652

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